9 de febrero de 2010

EL INFIERNO (Una crónica ´patafísica)


I
Jules toma contacto

Llegué a Pandorgada en el tanatotren de la noche. El vehículo, subterráneo y habilidoso hasta la punta del fémur, sorteaba los nichos del humedal, que se encontraba ubicado a las afueras de la ciudad y olía lentejas quemadas. Allí, en el tanatotren, servían ´patarrones en la cafetería del último hueso y yo, no pudiendo suavizar mi incontinencia, aproveché para soplarme un par combinados antes de la maniobra de dislocación. Quedé muy contento. Puse mis pies en la estación con una sensación de victoria invertida —por algo soy genuvalgo— y saqué mi libreta de notas.
—Te piras, Jules —me había dicho mi jefe, director de la revista Triglifos y Metopas.
Chols quería incluir en el próximo número un estudio sobre la arquitectura pandorgadita. Todo el mundo hablaba maravillas de su prostíbulo, una construcción salvaje, novedosa, pétrea y descendente, incrustada en las entrañas de lo anodino.
—¿Dónde toca? —le pregunté con mueca amenazante, encendiendo su pelo con mi talante. Chols parecía rascarse el cerebro. Seguramente recordaba aquella tarde remota en la que me llevó a conocer el hielo y, por una pésima planificación del proyecto (el sol cascaba con fuerza), todo quedó en agua de borrajas.
—Que te vas de putas, Jules —tradujo, y luego se mostró detallista—. Llegas, tiras unas fotos y lanzas algunas preguntas. A partir de ahí, puedes hacer de tu capa un sayo o convertir tu dinero en polvo. De ti depende.
Había muchos globos oculares en la estación y todos me violaban el cogote. Sentí un par de córneas lenticulares y desorbitadas aumentando mis poros y, cuando me dio por salir y alejarme de la oftálmica adversidad, un tipo me alargó la promocional ´patamoneda.
—Sin ella —me dijo— no existe forma humana de horadar el infierno.
No era cuestión de perder el tiempo y me puse, presuroso, al primoroso tajo.
—Al infierno —le ordené al tipo del tanatotaxi.
—¿Por arriba o por abajo? —preguntó, respondiendo.
—Por donde vayamos más rápido.
—Tanto da —y le dio por explicarse—: Por arriba hace frío y este trasto no lleva calefactor. Por debajo, muy al contrario, nos iremos poniendo cachondos.
—¿Y no llevamos máquina de refrigeración epidérmica?
El tipo parecía enojado, como si me hubiese pillado en flagrante contradicción.
—Es que estaba por las nubes y no venía de serie —cascó—. Pero qué diablos, chico. ¿Vamos o no vamos al infierno?

3 de febrero de 2010

# I #

No estás adiestrada
En el arte
Del amar
Como mucho en el mamar
Apruebas por los pelos

29 de enero de 2010

48 / 49

MONO: Hubo un tiempo en que nosotros éramos los dueños y señores del mundo.
HOMBRE: Sí. Pero de eso ya hace varios meses, y aquí no se vive de rentas.

***

HOMBRE: Hubo un tiempo en que nosotros éramos los dueños y señores del mundo.
MONO: Sí. Pero de eso ya hace varios meses, y aquí no se vive de rentas.

25 de enero de 2010

47 (Año 2096)

COCODRILO: No es que sea feo, es que mis antepasados leyeron a Proust.

21 de enero de 2010

46 (Nalgas)

Escribo con el culo porque así es como me siento.

Una luz que se enciende

Lleva toda la noche en el balcón. A pesar de la lluvia, a pesar del frío que le impide respirar con total normalidad, pasan los minutos, pasan las horas, y el hombre sigue observando la plaza, ahí abajo, tres pisos más abajo, una plaza sin fuente, una plaza sin bancos, una plaza, por decirlo de algún modo, que desafía a la noche con su austeridad, con su presencia líquida, con su balsa de agua y su constante silencio.

El hombre apoya sus manos en los hierros del balcón, arquea su cuerpo hacia la plaza, prolonga su existencia hacia el vacío. Probablemente piensa en todos los que lo han logrado, en todos los suicidas que vencieron su miedo y no se dejaron dominar por la vida, ese rito de espantos, esa trampa mortal de la pena, eterna noche de alimañas borrachas.

Vuelven sus ojos a la plaza, algo se mueve en un charco. Un perro en las últimas, piensa, un perro con suerte que espera su hora en el frío. El hombre se mueve hacia la parte derecha del balcón, agarra el canalón que desciende y pasa las piernas, asiendo con fuerza el metal, por encima del hierro. También él desciende, lentamente, aferrado al tubo completamente helado, hasta llegar al suelo. Se dirige hacia el perro, o se imagina dirigiéndose al perro, pero no es el perro el que sonríe sino el hombre que hace unos segundos, venciendo su miedo, descendió hacia la plaza desde el balcón del tercero.

Un chasquido de huesos, una luz que se enciende, un espejo en el charco.

El grito que todo lo mata.

20 de enero de 2010

45 (Notre Dame)

UN FRANCÉS: Tu colonia huele a salchichas.
UN ALEMÁN: Y tu París a chepas.

19 de enero de 2010

Antonomasia vossiana

—Una Venus, eso es lo que eres —Paco acusa a su mujer, que se retuerce sobre la cama, inválida y hambrienta, con un destello de odio incrustado en sus perlados ojitos—. Desde que perdiste los brazos ya no hay quien te aguante. Y encima (tengo que decírtelo bien alto), siempre fuiste un poco puta. La Adriana de Moravia, una mujer de inquieto clítoris, un poco Lulú, algo Lolita. ¿Y ahora quieres comer garbanzos, Gargantúa? Los tienes cuadrados. No me hagas muecas, no me hagas pucheros, no pongas morritos que te tengo en el punto de mira y no me tiemblan las muelas. Cuatro días llevo limpiándote el culo. Y por cierto, ¿no serán las fauces de tu rosetón tan grandes como Júpiter? Es para persignarse: tú, una almorrana corriente con sus afluentes y ríos de pus, lenguas glaciales de sangre, pálpito de tubos y vergajos anales. Tú, Repollo, la encarnación por excelencia de una muñeca de trapo. Y no te abras de piernas, no, que no las tienes. Desde que perdiste los perniles flojeas, Atenea, que pareces un búho sin garfios atrapado en el Phartenón. Te daré un jabalí como mucho (¡Obélix!) para que pongas a dieta la soledad de tu torso de tronco apolíneo. Que no me mires, te digo, guarda tu ojo bueno, Cíclope y camaleón. Tuerta, añejo pirata, náyade tramposa y de bizco pezón, toro asimétrico, puño de humus, rapto de liendres adversas. Te quiero, Platero, que lo escuchen tus orejas de sábana sucia. Y endereza ese cuerpo, coño, que pareces un dado trucado.

15 de enero de 2010

44

PECECITO CASERO: Y al final de este pasillo hay un cristal.
PECECITO INQUILINO: Mierda. Pues yo sólo veo un salón.

9 de enero de 2010

43

CONEJO GRIS: Éste es el plan. Tú rodeas la cerca del huerto mientras yo me quedo aquí, vigilando.
CONEJO MARRÓN: ¿Y luego?
CONEJO GRIS: Haces un agujero donde la verja, entras, y me abres la puerta. Entonces ya podemos darle caña a las lechugas.
CONEJO MARRÓN: Vale. ¿Y si nos topamos con el conejo negro de la dueña?
CONEJO GRIS: Tranquilo, ese conejo no es como nosotros.
CONEJO MARRÓN: ¿Es una liebre?
CONEJO GRIS: No, es un conejo. Pero sólo sale los sábados. Y a veces ni eso.

29 de diciembre de 2009

42

—¿Por qué los estadistas siguen queriendo ser tiranos?
—Porque por mucho que se mueran nadie los olvida.
—Ya. Pero dime uno, sólo uno, que sea recordado amablemente.

19 de diciembre de 2009

41 (Sufragio)

Debemos agradecerle a la ortografía la prohibición de urnas en las camas elásticas.

11 de diciembre de 2009

40

INTESTINO DELGADO: ¿Te imaginas que nosotros también pudiésemos cagar?
INTESTINO GRUESO: No sin esfuerzo.

1 de diciembre de 2009

39

El condenado, ante su inminente ejecución, observa al verdugo atentamente.
—Bajo ese capuchón negro ocultas tu vergüenza, tu arrepentimiento.
El verdugo, retador, se quita el capuchón.
—Mierda, qué hermoso eres.

21 de noviembre de 2009

Los entierros imposibles


Un amigo mío, compañero de guerras y mamadas, ha tenido la osadía de enviarme tamaño injerto. Se trata de un librito muy majo con cinco relatos variopintos, publicado por la Editorial Stonberg con motivo de una oposición en la que ha conseguido la quinta y última plaza. Que lo sepas, me ha dicho. Y luego nos fuimos a cenar cordero a la estaca y yo me comí la mitad del cordero y mi compañero se comió la mitad del cordero. Lo repartimos a conciencia.

15 de noviembre de 2009

Todos los hombres

Veo al tipo de la gabardina beige desde mi ventana. Es de noche, la calle está deshabitada y temo que pueda sorprenderme agazapado bajo el cristal, espiando impunemente sus movimientos. El caso es que el hombre no se mueve, apoya su cuerpo en la farola y fuma como suspirando, como si el humo que pierde por la boca nunca fuera a volver a él, como si ese humo no fuera el mismo humo de todos los cigarros encendidos, como si cada bocanada que expira constituyera algo así como un río, ese río de agua turbia que no es el mismo río que el río de siempre, ni se le parece, sólo un afluente (si acaso podemos llamarlo así) que asciende con pulso firme hacia la luz.
Pasan las horas y el tipo no parece aburrido. Yo ya me empiezo a cansar. Espero algo, un abandono, un vehículo que se detenga, perdido en la noche, para solicitar alguna información, el sonido una sirena, un accidente, al menos una muerte cercana. Pero el silencio lo cubre todo ahí afuera y yo sólo escucho la televisión, los susurros de algún imbécil, mi propia respiración que se entrecorta o se agarra a mis pulmones produciéndome cierto dolor que no es dolor sino algo necesario, como cosquilla o caricia o arrullo, algo así, como el vestigio de un sonido envolvente. Bajo el volumen del televisor, decido apagarlo de forma definitiva. Vuelvo a la ventana y el tipo, aprovechando mi debilidad, ha abandonado el lugar definitivamente. Por fin puedo descansar y espero, apoyado en el cristal, la aparición de un nuevo tipo más paciente. Pero nunca nadie vuelve a la misma farola, nunca nadie retorna a mis dominios. Todas las noches, todos los hombres. Yo mismo como espectro solitario, altivo, innecesario.

10 de noviembre de 2009

A pequeños gestos

Siempre entra con puntualidad obsesiva en la misma cafetería a la misma hora. Se sienta en la misma mesa desde hace más de veinte años. Siempre pide lo mismo, un cafetito cortado y una copita de orujo blanco. Éste es su espacio, un lugar donde fumar como un loco y donde planchar la oreja si es necesario, el mismo lugar de siempre, ese lugar que ya forma parte de su identidad y que no admite renovaciones. Un lugar para escribir y, sobre todo, un lugar para olvidar. Aquí todo el mundo le conoce.
Hoy, por vez primera, se retrasa cinco minutos, sólo cinco minutos, y ve su mesa ocupada por dos cacatúas que parlan animadas sobre el último sermón del párroco. Se sienta en la contigua y el camarero le comenta decidido que le suena su cara, que quizá lo ha visto con anterioridad, o que quizá sólo sea un recuerdo borroso de algo que no ha sucedido, le dice, o que puede ser que no le haya visto nunca y que sólo sean imaginaciones suyas. El hombre se levanta, abandona el lugar. Así es como se muere uno, piensa, poco a poco, a pequeños gestos.

27 de octubre de 2009

38

Se supone que un poema nace del vientre, dicen que se escribe desde las mismas entrañas. Yo soy incapaz de agarrar un verso. Cualquiera mete la mano en ese pozo.

21 de octubre de 2009

37

—Es más difícil escapar de la sombra de tu perseguidor que de tu propia sombra.
—¿Por qué?
—Porque conoce tus hábitos.

11 de octubre de 2009

36

Tres gusanos se disputan diez centímetros cúbicos de tierra. Siguen creyendo que no hay vida más allá de los acantilados.