I
Jules toma contacto
Llegué a Pandorgada en el tanatotren de la noche. El vehículo, subterráneo y habilidoso hasta la punta del fémur, sorteaba los nichos del humedal, que se encontraba ubicado a las afueras de la ciudad y olía lentejas quemadas. Allí, en el tanatotren, servían ´patarrones en la cafetería del último hueso y yo, no pudiendo suavizar mi incontinencia, aproveché para soplarme un par combinados antes de la maniobra de dislocación. Quedé muy contento. Puse mis pies en la estación con una sensación de victoria invertida —por algo soy genuvalgo— y saqué mi libreta de notas.
—Te piras, Jules —me había dicho mi jefe, director de la revista Triglifos y Metopas.
Chols quería incluir en el próximo número un estudio sobre la arquitectura pandorgadita. Todo el mundo hablaba maravillas de su prostíbulo, una construcción salvaje, novedosa, pétrea y descendente, incrustada en las entrañas de lo anodino.
—¿Dónde toca? —le pregunté con mueca amenazante, encendiendo su pelo con mi talante. Chols parecía rascarse el cerebro. Seguramente recordaba aquella tarde remota en la que me llevó a conocer el hielo y, por una pésima planificación del proyecto (el sol cascaba con fuerza), todo quedó en agua de borrajas.
—Que te vas de putas, Jules —tradujo, y luego se mostró detallista—. Llegas, tiras unas fotos y lanzas algunas preguntas. A partir de ahí, puedes hacer de tu capa un sayo o convertir tu dinero en polvo. De ti depende.
Había muchos globos oculares en la estación y todos me violaban el cogote. Sentí un par de córneas lenticulares y desorbitadas aumentando mis poros y, cuando me dio por salir y alejarme de la oftálmica adversidad, un tipo me alargó la promocional ´patamoneda.
—Sin ella —me dijo— no existe forma humana de horadar el infierno.
No era cuestión de perder el tiempo y me puse, presuroso, al primoroso tajo.
—Al infierno —le ordené al tipo del tanatotaxi.
—¿Por arriba o por abajo? —preguntó, respondiendo.
—Por donde vayamos más rápido.
—Tanto da —y le dio por explicarse—: Por arriba hace frío y este trasto no lleva calefactor. Por debajo, muy al contrario, nos iremos poniendo cachondos.
—¿Y no llevamos máquina de refrigeración epidérmica?
El tipo parecía enojado, como si me hubiese pillado en flagrante contradicción.
—Es que estaba por las nubes y no venía de serie —cascó—. Pero qué diablos, chico. ¿Vamos o no vamos al infierno?

