30 de agosto de 2011

ARS MORIENDI (26)


26# PRIMERA TENTATIVA


—Existen dos clases de experiencia. La experiencia que nos sirve para follar más, para follar mejor, y la experiencia que sustituye al instinto cuando el instinto no existe. La primera se adquiere con la segunda y la segunda se aprende de la primera. Para matar, qué duda cabe, no hace falta ninguna experiencia. Siempre hay un martillo para matar —dijo el narrador omnisciente, y escribí yo:

Sólo contábamos, en principio, con el pequeño martillo que habíamos utilizado para clavar las piquetas de nuestra morada portátil. Con eso poco podíamos hacer. Un martillo nunca es suficiente.

—Si le pego bien lo mato fijo —dijo Pitusa blandiendo el mazo.

—Por lo menos lo dejamos inconsciente —asentí—. Luego lo rematamos en el suelo.

El narrador me pidió paso.

—Pasa —escribí, y le hice un gesto amigable.

—El valor es siempre un requisito. El valor nunca es una virtud. El valor es como el agua. Necesario, imprescindible para sobrevivir. Pero el agua no es un valor, aunque valga su peso en agua. Entonces, el agua sí puede tener cierto valor. Es requisito indispensable tener dinero para comprar agua. Tener dinero para comprar valor. Tener un mazo para utilizarlo —dijo el narrador omnisciente, y luego le explotó el cerebro.

Esta vez yo era la montura y Pitusa un gaucho navajero. Se abalanzó sobre mí muy posesiva, con un ardor guerrero que me acojonó en un principio, pero luego suavizó sus intenciones y se puso melancólica, ese estado en el que se sumerge el individuo cuando está triste y le duele el estómago. En ningún momento soltó el martillo. Aferrada a él como al mango de una pala, me metió cuatro viajes en el cuerpo que casi me dejan seco. Aguanté los tres primeros, pero al cuarto erupcioné. Fue todo muy rápido, frenético, tuve que pedir perdón por lo precoz que fui. Se concentraron en la punta las ideas más genéticas. En un segundo, en un parpadeo infinitesimal. Yo no quería y apreté como si me fuera a cagar pero me corrí como el gran búfalo que soy, salvaje, apelmazado, tenebroso como un contrafuerte.

—No te preocupes —me calmó Pitusa—. La culpa es mía, que estaba hirviendo. Todavía se pueden cocer patatas al vapor de mis entrañas. Jojojo —sonó como una flauta—: ¿Nos hacemos una rusa?

Llegamos a la garita. Pitusa tenía el canalillo abultado, pero sólo sus tetas llamaban la atención. Ambas me hipnotizaron y comencé a recordar algunos episodios de una infancia que creía olvidada. Los barquillos, el parque, una niña rubia que le daba de comer a los patos y luego, saltándome unos años, yo mismo y esa niña rubia que ya no era tan niña, que ya no era tan rubia, encima de mí, pidiéndome de todo, insultándome con cariño y una perra arañándome la cara con garbo para después abandonarme en una esquina muy oscura, suprasensible, aquella esquina donde todos hemos estado alguna vez, donde la noche nos vuelve innecesarios.

—A lo que estamos —farfulló Pitusa—. Mírame a los ojos. Concéntrate.

Sombrero hablaba con su mujer, cuya figura no pudimos reconocer. No había carne ni huesos. Sólo era la sombra envejecida de una dama de otro tiempo, o tal vez era la sombra de otra sombra más lejana, menos corpulenta, aquello que contemplábamos a través de la ventana de retaguardia y que se nos pegaba a los ojos como gelatina translúcida. Pegamos nuestras espaldas a la madera de la garita, debajo de esa ventana, y escuchamos esta conversación:

—Rapidito. Prepara unas ginebras —dijo Sombrero con la voz de Sombrero.

—¿Quién viene hoy? —preguntó Sombrero con la voz de su mujer.

—Yoryo y Pitusa —dijo Sombrero.

La voz de Sombrero se sorprendió.

—Pitusa: estupendas tetas. ¿Quién coño es Yoryo? —preguntó.

—El escritor. Un affaire. El compañero sentimental. Yoryo, el de Pitusa —dijo Sombrero con su voz de siempre.

—¿Algo de picar? —indagó la mujer de Sombrero con la voz de Sombrero.

Sombrero dijo:

—Lo que tengas. Bogavantes. Lechuga. Cacahuetes. Unos dátiles.

En este punto se introdujo, de nuevo, ese idiota perfumado:

—Si de asesinar se trata, mejor hacerlo borracho. Emborracharse sin medida para cometer delitos es punible cosa. La trompa ha de ser quirúrgica. Sólo la justa medida nos hará obtener la medida necesaria para obtener valor. El valor, como hemos visto, cuesta pasta. ¿Tiene precio la embriaguez? Si podemos pagarla, podemos matar. Conclusión: Asesinar sin pensar en asesinar, cueste lo que cueste. No le demos más vueltas a la tuerca —dijo el narrador omnisciente.

Cuando entramos en la garita Sombrero preparaba las copas. Ni rastro de su mujer.

—Creímos oír la voz de tu esposa —dijo Pitusa.

—Yo no tengo esposa —dijo Sombrero, y agregó un chorro de ginebra en cada vaso—. Mi mujer se ha ido.

—Qué raro —me extrañé innecesariamente—. Estábamos en la puerta y no la vimos salir. La garita sólo tiene una puerta, que yo sepa.

—Que tú sepas —dijo Sombrero—. Pero lo cierto es que la garita sólo tiene una puerta, que yo sepa.

—Que tú sepas —desconfié.

Cuatro ojos convergieron en un mismo punto. Dos eran de mi propiedad y el resto no eran de Sombrero. Pitusa levantó las cejas. «¿Ahora?», me preguntaba valiéndose del gesto. Levanté las mías, dudé, después empalmé mi dedo gordo: «De acuerdo».

Sombrero se agachó para recoger unos limones de la cesta. Nos ofreció su pizpireto envés. Pitusa destetó el martillo y, con toda la fuerza de la que fue capaz —y en estos momentos era mayúscula, a juzgar por el tamaño de sus dientes y encías—, descargó su potente brazo hacia la grasienta cabeza sin sombrero. El martillo, desobediente, continuó trayecto y, volátil, se escapó por la ventana fracturando los cristales, saludando el exterior como un pájaro carpintero. También la inercia hizo lo suyo y Pitusa tocó nuca. Como es lógico, Sombrero malinterpretó sus intenciones.

—Te van los machos —dijo—. ¿Qué cojones ha sido eso?

Pitusa, herida todavía por su errata, intentó corregirse a través de la finalización de una estridente melodía. Canturreó con garganta poderosa lo primero que se le pasó por las dendritas, esto es, un gozo de Santa María.
 
¡Oh, María!

luz del día

sé mi guía

toda vía.

Con esto, tirando de glotis, pretendía hacernos creer que los cristales se habían fragmentado sin amplificador.

—Y no parto los cristales de los vasos porque están llenos de ginebra —corroboró.

—Era soprano en el coro de monaguillos —intenté explicar lo sucedido—. Le dan ventoleras.

—Lo añado a tu cuenta, pagano —dijo Sombrero y, por su cuenta y riesgo, añadió:

—Brindemos, pues, por la memoria de los muertos —levantó su frasco—. Salud.

—Salud.

—Salud.

—Salud —dijo el narrador omnisciente.

28 de agosto de 2011

ARS MORIENDI (25)


25# ME LLAMO YORYO


La cosa comenzaba a pintar negra. Las fichas se iban deslizando una y otra vez por el tablero. El camping era el tablero y nosotros figuras de hueso, pequeñas esculturas sin autonomía cierta. Dejé de pensar en el juego para volcarme en lo ocurrido.

—Tus amigos son unos mierdas —le espeté a Sombrero en todo el frontal—. No son de fiar.

—Nunca la amistad fue cosa fácil —me respondió—. Pero apechugamos. ¿Acaso puedo yo fiarme de un tipo que, después de compartir conmigo el horror de los asesinatos y algunas otras cosas divertidas, no me ha dicho su nombre?

[¿Y por qué habrían de fiarse los lectores de la primera persona, del narrador-personaje, de mí, que no he desvelado mi nombre hasta aquí, hasta esta página que llevará, en todo caso y si nadie la caga, un número impar?].

—Me llamo Yoryo —dijo Yoryo. Tras una pausa, añadió—: Y si no lo he comentado antes no veo por qué tengo que hacerlo después. Pero me llamo Yoryo y me hago acreedor de las más increíbles historias sobre la antroponimia mía. Ahora ya lo sabes. Pero tú, por mucho que te identifiques, sigues sin ser una persona de fiar.

—Yo soy más de orujo de hierbas —dijo Sombrero—. Por otro lado, tu nombre me importa más o menos media mierda, por utilizar tus expresiones. Basta ya de confianzas. Estoy realmente ofendido y me tenéis hasta la coronilla.

—Coronilla, dice —dijo Yoryo—. Con ese cabezón.

—Con ese cabezón tu fruta tu gruta tu ruta tu irresoluta tu enjuta tu puta madre, ¿me oyes? Con ese cabezón, dice —dijo Sombrero—. Con ese cabezón —y se acarició, nervudo, los pelos del occipucio.

A Pitusa se le saltaban las lágrimas. No podía contener su rabia. Con ímpetu animal, agarró a Yoryo de la mano y se dirigió a Sombrero. Le preguntó, con furtiva malevolencia:

—¿Te gusta la ginebra?

Sombrero imitó a la perfección la voz de Cela:

—Toma, claro.

—Pues nos invitas a unos litros, y en paz.

Quedaron al caer la noche en la garita. Sombrero prometió preparar unas copas digitales. De vuelta, ya en la cremallera de la tienda, Pitusa y Yoryo establecieron el siguiente diálogo:

PITUSA. Matar.

YORYO. (Sorprendido por el poderío de una oración tan corta). ¿Qué has dicho?

PITUSA. He dicho matar.

YORYO. ¿Me lo puedes repetir?

PITUSA. Matar.

YORYO. (Para asegurarse). Una vez más.

PITUSA. Matar.

YORYO. (Por si no lo hubiera entendido). Más alto.

PITUSA. Matar. Matar. Matar. ¡Matar! ¡Matar! […].

YORYO. (Interrumpiendo bruscamente la verborrea). Calla, coño, que te van a oír.

PITUSA. (Susurrante, suplicante). Matar.

No había duda. A Pitusa le brillaban los ojos y, por su mirada, Yoryo pudo entender que en esta ocasión estaba en sus cabales.

—Está bien —dijo—. Matemos.

 

27 de agosto de 2011

ARS MORIENDI (24)


24# —SE LLAMABA WAGGONER


—dijo Sombrero—. Un alemán con toda la pinta de alemán cuyo nombre significa «fabricante de carros». Dejó de fabricarlos y se puso a criar malvas el día que cayó la tremenda granizada. Pero vosotros andabais ocupados y quiera Dios que chingandito porque de otra forma es indignante y sobrecoge.

Pitusa hinchó los mofletes.

Sombrero retomó el discurso:

—Las bolas de hielo eran preciosas, y grandes, pero inofensivas. El tipo tuvo mala fortuna. De todos los proyectiles descargados aquella noche sólo había uno de plata, y no es que fuera el hombre psicotrópico, ejem, que me trabo, filantrópico, joder, acabaré por decirlo, licantrópico, pero el argentum —de número atómico 47— le cayó en el parietal con toda la fuerza de la percusión, por lo que muy probablemente le dispararon desde arriba y, para más cojones, con una malicia especialmente musical.

—Nosajo —dijo Pitusa—. De toda la vida graniza para abajo.

—Yo he visto llover de canto y hacia arriba —dije (siempre lo digo), pero reconozco que escribirlo aquí no tiene ningún sentido ni apariencia de realidad— y una vez, por la fuerza del viento, el agua no llegaba a tocar el suelo y ascendía otra vez, mojando las patitas de los pájaros y el interior de los paraguas.

—Sí —dijo Sombrero—. Pero el citado proyectil era una bala y, o bien se efectuó el disparo desde el único punto posible, en la cresta de mi garita, que es el punto más alto, o bien la bala se disparó hacia el cielo, como para espantar a un zopilote americano, por la gracia del verbo, y por el camino de vuelta se topó con el parietal de Waggoner. Yo soy de la segunda teoría —concluyó— porque mi mujer, la pobre, padece de vértigo posicional y no se monta en la garita ni por una piastra.

—Pero tú no tienes vértigo —dijo Pitusa—. Tú pudiste disparar la bala.

—Cierto —respondió Sombrero dominando los campos gravitatorios—. Sin embargo yo soy siniestro y a Waggoner le dispararon con la diestra.

—Eso no se puede saber —dije.

—Es posible que no se pueda saber —dijo Sombrero—. Pero se sabe. Todo gracias a unos cálculos complejos derivados de otros cálculos más simples. Metopas, triglifos, triclinios, tricotomías, ejem, cálculos trigonométricos. No hay duda. Es un hecho comprobado por la investigación del cuerpo de uniformes y un dato doy por si os interesa.

26 de agosto de 2011

ARS MORIENDI (23)



23# LAS HORRIBLES PESADILLAS


Las lluvias fueron torrenciales y muchos veraneantes dieron por finalizada su estancia en el camping. El agua no dio tregua durante varios días y quedaron muchas parcelas vacías que no volvieron a ocuparse. Nadie llegaba. Fue un golpe de suerte para los cándidos foráneos que evitaban, así, desagradables sorpresas.

Pitusa y yo nos mantuvimos dentro de la tienda, dentro del saco, yo en el interior de ella muchas veces y otras tantas ella succionando mis preciadas calorías. Comíamos poco, bebíamos lo justo. Ensayábamos nuevas posturas en espacios reducidos y también fuera del espacio, las manos de Pitusa —pegajosas de resina— apoyadas en el pino del búho, bien consolidados sus pies sobre el suelo. Una noche cayeron tremendas gónadas del cielo, pero mi pareja ya había adoptado su tamaño original. Nos sirvió de recuerdo, como anécdota para nuestros futuros hijos, pues ya volvíamos a hablar de matrimonio y desde que llegamos al camping la palabra profiláctico se nos hizo un socavón infranqueable.

Pitusa leía a Kavafis.

—Vuelve otra vez y tómame —recitó.

Se aburrió tanto con la musicalidad del octosílabo que se amodorró en profundidad. Era un verso muy cansino y yo no supe en qué medida lo había somatizado. Comenzó a roncar.

—Sé prudente —le dije, y apoyé la cabeza en la muelle y aterciopelada panza de Ubú.

Acto tercero, escena VII. Ubú dijo:

—Se abre la sesión.

Me ubiqué inmediatamente encima de Pitusa. No se quejó porque no podía respirar. Me levanté un poco y sus pulmones reflotaron apartando levemente las costillas.

—Grogrogró —masculló.

Los ojos libidinosos del picudo barrigón estallaban expectorantes en las gargantas escarpadas de mi fiel compañera. Me dormí sin darme cuenta.

—¡Estúpido hombre! —dijo Madre Ubú.

—Cuidado, señora de mierdra —dijo Ubú.

Charrasco de plata, cuerno de mi panza, aprendiz de hacendista, soñaba. Pitusa se puso a 39 kilómetros por hora y yo ya me lanzaba con la moto a 150 grados. Las ruedas se encendieron, volvieron a quejarse y proferían pegajosos exabruptos contra el césped. Mierdra. Disparé unos ripios vertiginosos y prendí fuego a las tiendas. Un magiar asomó la pelota.

—Me llamaba Palinkas —dijo.

—Exacto —repliqué, y embragué—: Porque estás bien muerto, amiguito.

La tienda se hundió en la tierra y allí, donde lo negro, se respiraba peor. Arreciaron los ronquidos. Nos vimos envueltos por un conglomerado de llamas azules y proyecciones sulfúricas. Erupciones de lava, un poco de magma, un tanto de humo, gases, material ceniciento y piroclasto. Una chimenea y un pitón de roca. Pensamos que podía tratarse de un volcán porque tenía cráter. Nos dimos cuenta a la tercera y entonces venció el ventiladero y sufrimos quemaduras importantes. Ya nos habíamos meado las heridas cuando recordamos que el sistema no era el apropiado. Confundimos el ardor volcánico con la picadura de un celentéreo. Miren que fuimos.

—[Algunos pictogramas del alfabeto chino] —dijo la cabeza de Feng, que rebotó en un saliente de roca y se dejó llevar por una fumarola.

—Lo que tú digas, amiguito.

Un cuerpo se balanceaba como un tutú altruista, es decir como un yoyó egocéntrico.

—[Algunos ideogramas del alfabeto chino] —dijo Limi.

Y fue más elocuente cuando añadió:

—[Algunos fonogramas del alfabeto chino].

Pitusa despegó los ojos justo a tiempo para observar mi delirio constante, mis sudoraciones. Estaba empapado de líquido blando, espeso, insípido.

—Yo te cuido —dijo—. Yo te limpio. No temas. Estoy aquí para lo que necesites —me chupó—. No sabes a nada. Sabes a trance.

Noté que me acariciaba la cabeza y pensé que mi cabeza se separaba de mi cuerpo, que mi cabeza se iba y jamás volvería a mi cuello, que se emancipaba de mí, mi cabeza y, en una especie sincronicidad (Carl Jung) o azar objetivo (André Breton), de nuevo contemplé la cabeza de Feng y otras alucinaciones distintas.

—La cabeza de Feng —me oí decir.

Y luego un brazo que me ahogaba, una zarpa de huesos y falanges, un pie sin calzado y un torso desnudo.

—El paquete de Feng —me oí decir.

Y vinieron a mi cabeza la cabeza de Feng y los huevos de Feng y la bolsa de plástico y algo que parecía un jeep, pero no lo era, no era un jeep, no creo, sólo lo parecía. Y los uniformes, también los uniformes me asaltaron furiosos, bravos, verdes, almidonados. Entonces se fueron. Y después volvieron y así, en un penetrante ouroboros, estuvimos lo que a mí me pareció una eternidad, un trecho bien largo, una muestra más de la inabarcable jurisdicción de los sueños, pero a Pitusa apenas le pareció un destello, una ligera y fugaz expresión más del inconsciente, o del subconsciente, yo no entiendo la diferencia pero lo vi en sus ojos que no eran sus ojos, no, sino una nueva representación de lo que yo considero impenetrable.

—Desperté —dije.

(Juraría que sólo lo estaba escribiendo).

—Menos mal que me lo dices —dijo Pitusa—. De otra forma sería difícil precisarlo.

Durante los días siguientes Sombrero no dio señales de vida. No abandonamos la tienda. Desde allí olíamos a diario las recetas de su mujer y una tarde estuvimos a punto de salir. Todo estaba tranquilo.

—¿Salimos?

—Saldremos —aceptó Pitusa.

Afuera, el silencio. Todo en calma. No parecía el mismo camping ni las mismas parcelas. Nos encontramos un desierto gris, el terrorífico horror vacui.

Pero mierdra, Monterroso.

Cuando despertamos, Sombrero todavía estaba allí.

24 de agosto de 2011

ARS MORIENDI (22)


22# MATAR


No era que estuviese cabreado pero entrar en el saco y comenzar a contar cabras fueron acciones simultáneas. Sombrero y sus secuaces no me quitaban el sueño aunque lo intentaban a conciencia a base de estúpidos morfemas y lo palmario, lo evidente, es que se me habían inflamado los testículos por alguna razón desconocida. No sé si en esto, y en el asunto de Morfeo, tuvo algo que ver lo encabronado que estaba. En cualquier caso, como en ese momento tenían mis colgantes un interés relativo, no me importó mostrarle a Pitusa mi secreto y, cuando me vio las bolas, le entró un canguelo milenario.

—Por qué, por qué, por qué —tripití—. ¿Por qué los tengo como zepelines?

—De follar no creo —me dijo Pitusa, y me hizo un examen que suspendí por los pelos rizados.

—Otra cosa no se me ocurre.

—Qué curioso —amasómelos—. Parece que están llenos de agua.

—Jojojo —reí—. Me duelen.

—Lo mismo están llenos de pus —dijo, muy seria, Pitusa, y arropómelos con cariño—. O de helio si, como dices, son huevos dirigibles.

—Todo esto me supera.

—Sé fuerte —dijo—. Agárrate los machos, huevo.

—Cualquiera los abarca en este estado. Mira qué manitas de nasciturus, observa mis aerostatos.

Pitusa suspiró. Asintió varias veces. Confirmó algo muy suyo. A esa parte yo no tenía acceso. Así estuvo media hora. Asintiendo. Confirmando. Suspirando. Ordenó los verbos y los actos de forma aleatoria. Confirmó varias veces. Suspiró varias veces. Asintió. Pensé. Algo planea. Pensé. Esta chica me enciende. Pregunté:

—¿Qué planeas?

—¿No se trata de matar? —dijo, daba miedo. Su cara desencajada, una acuarela de rojos pasión—. Pues matemos. Nos llegó la hora —el odio pintado en la jeta, la locura latiendo en sus puños crispados—. Es nuestro turno. Nos toca —una carótida infartada, un corazón negro—. Matar —dijo—. Matar —dijo—. Matar.

Pitusa dijo:

—Matar.

—Vuelve en ti —le dije.

—Matar —dijo Pitusa—. Matar.

La cogí por una oreja. Zarandeé su cuerpo para sacarla de su órbita asesina.

—Suéltame ese tímpano —suplicó.

—¿Vas a matar?

—Matar. Matar —dijo Pitusa.

Redoblé mis sacudidas en número y potencia. Apreté su lóbulo con fuerza y pensé que se desgajaba del cartílago.

—¿Vas a matar?

—Matar —dijo Pitusa.

Abofeteé sus nalgas. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Parecía gustarle. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Pitusa estaba fuera de sí. La penetré para sentirme dentro, para que ella recuperara su interioridad con un trocito de mí. Generoso. Desprendido. Un gesto desinteresado, altruista.

—¿Vas a matar? —le pregunté, nuevamente, mientras la sodomizaba.

—Haré lo que me pidas, fiera.

Se estaba recuperando. Saqué mi trozo y ella se dejó caer mansamente sobre los sacos. Suspiró, luego gimió. Volvió a gemir. Suspiró.

—¿Qué ha pasado? —se quejó.

—Que te he zurrado de lo lindo. Tienes fiebre.

—Me duele un poco el culo.

—No sé de qué me hablas.

Me di la vuelta para que no viera en mis ojos la violenta penetración. Se hizo una idea.

—Enséñame los cojones —dijo—. Tengo vagos recuerdos.

Se los mostré. Amasómelos.

—Qué curioso —dijo—. Parece que están llenos de agua.

Se los puse de sombrero.

—Jojojo —me reí—. Mira que sombrero más guapo, qué bien te sienta.

23 de agosto de 2011

ARS MORIENDI (21)


21# MUERTE DE UN PIGMEO


Lo disfrutamos. Por un momento, por unas horas, habíamos olvidado el camping y toda la muerte de las parcelas. Olvidamos su olor, olvidamos la sangre, nos dejamos llevar por el apacible calor de nuestro reducto infranqueable, delante del árbol cuya rama ocupaba el retorcido búho.

—Uh […] —intentó decir, vertiginoso, pero no lograba completar su discurso.

—U […] —insistió y, aunque era muda su letra, en este caso no la vocalizó.

Tosió. Amaneció.

El búho irreductible se desangraba sobre el césped de nuestra parcela. No era tan irreductible, por lo tanto, y porque sólo era un pájaro nocturno, de huesos débiles y de apariencia minusválido.

[Y abro un corchete para desenmascararlos: Los búhos, para algunos pueblos indígenas mejicanos, eran signo de muerte. En la antigua Grecia eran los animales sagrados de Atenea y, con la excusa de su parecido con la diosa, siempre fueron bien tratados y hay quien les otorgó la sabiduría ordinaria. Pues sepan una cosa. Atenea se parecía más al mochuelo común, que es un búho pigmeo].

El charco de sangre sobre el que yacía contenía varios litros de suero —era un bicho mediano, ahora que teníamos la oportunidad de verlo de cerca— que se tragaba la tierra con una pulsión voraz. Y aclaremos esto: El búho no se tragaba la tierra sino la tierra la sangre.

—Todavía está vivo —lloriqueó Pitusa.

Impuso sus manos en el amasijo de plumas y encontró el agujerito por donde se le escapaba la vida. Un agujero pequeño, como producido por un murciélago desdentado, de ahí el diminutivo.

—Le han metido un buril —dijo—. Rápido, busca una ramita de pino.

Intenté consolarla. La vida del pigmeo no estaba en nuestras manos.

—Era mi mascota. Uh-uh-uh —gimoteó.

El animal lo intentaba, luchaba por ofrecerle a su amiga una última réplica antes de espicharla, pero no conseguía otra cosa sino espumarajos rojos que salpicaban su pico dándole un aspecto estrafalario, como si se hubiese disfrazado de payaso.

Lo enterramos debajo de la tienda. Una cruz marcaba el lugar.

Pitusa juntó las palmas y, dirigiéndose a Atenea, oró.

—Acoge entre tus senos a este inocente animal que tanto se parece a ti, acógelo en ese valle de esplendor, profuso de bóvedas, en ese canalillo gigante y apetitoso para cualquier mortal. Oh, Atenea, deja que este cazador de la noche, amigo de sus amigos, mame de tus sabios pezones en la otra vida. Apiádate del pobre ojeador del coito, avieso mirón, que ha muerto defendiendo su rama y ha luchado hasta el último suspiro por conservar sus propiedades.

—Uh-uh-uh —recité.

—Uh-uh-uh —me acompañó Pitusa.

Y en eso escuchamos pisadas de botas.

Volvía la muerte a empañar los cristales del jeep. Los verdes se bajaron y enfilaron el camino que desemboca en la cremallera del tendal.

—Así que dando sepultura alegalmente —dijo un uniforme—. ¿Es que no estamos invitados al sepelio?

—Ese búho era tan nuestro como vuestro —señaló su uniforme un uniforme, y luego palmeó su tráquea—. Si era de alguien, claro.

—El búho era libre —dijo otro uniforme y, entre las perchas, apareció Sombrero con un catalejo en la mano y un palillo entre los dientes.

—Lo he visto todo —amenazó, removiendo el palillo—. Nada escapa al ojo de mi catalejo.

Exhumamos el cadáver porque así nos lo ordenaron. Sombrero introdujo su palillo en la vía sanguinolenta de evacuación. Encajó perfectamente.

—Con este mondadientes, o con uno como éste, se ha dado muerte a este pequeño desgraciado. Sin duda ha sido obra de un cirujano vascular.

—O de un ornitólogo con ínfulas de veterinario —dijo un uniforme.

—Algo así tuvo que ser. Lo haré constar —dijo el jefe—. Ésta es una de las muertes más extrañas que he tenido que presenciar en toda mi carrera. ¿Qué mal puede hacer un búho pigmeo? —se preguntó y, con miradas alternantes, nos avisó—: ¿Quién es capaz de hacerle un agujero con tamaña precisión?

—Sin duda un carnicero —aseguró Sombrero—. Y, ya que no se llevó el cuerpo, deduzco que no es taxidermista o, si lo era, tenía el día libre.

Los verdes subieron y bajaron la cabeza con admiración.

—Nadie diría que eres cazador de sombras —dijo uno—. Podrías pasar por uno de nosotros así, como quien compra estupefacientes.

—Uno, que tiene buenos maestros —dijo Sombrero y, enaltecido por la amistad que parecía unirles, se aproximó a los uniformes y esculpieron una albóndiga. Se abrazaron sin tener en cuenta lo que Pitusa y yo pudiésemos pensar y se fueron, recíprocos, cascándose encendidos piropos.

—Se llevaron el búho —dijo Pitusa—. La próxima vez le rezo a Artemisa, que tiene menos nombre que Atenea pero es hiperfértil, macho.

 

22 de agosto de 2011

ARS MORIENDI (20)


20# LAS HERMOSAS PESADILLAS

Sombrero tomó el camino de la garita. Pitusa y yo no estábamos para galopes, así que nos metimos en la tienda y, aunque le peiné la crin con las uñas, ni se nos pasó por la cabeza friccionar.

Pillé a Gargantúa por una lorza. La lectura me llevó directamente al limpiaculos. Estaba oscuro pero por suerte portaba linterna. Capítulo XIII. Que se lo limpió con salvia, hinojo, aneto, mejorana y otras friegas. Y luego con sábanas, con la colcha, con las cortinas, con un tapiz, con un trapo y con un tapete. El limpiaculos. Llevaba cuatro días sin cagar y el estreñimiento, según dicen, ha estudiado minas y conoce las vías. Quizá por eso di con el capítulo correcto. Si no podía deshacerme de los cocodrilos, al menos no me vino mal pensar en ellos.

Pitusa estaba frita. Roncaba si no hablaba y sobre su pecho yacía Pedro Páramo.

—Sal de ahí —ordenó Gargantúa—. ¡Mierdadiós!

Pedrito se asustó y salió del saco. Estaba muerto. Me dormí. Podía escuchar cómo masticaban los gusanos, cómo reforzaban sus arterias las hormigas, cómo un funcionario pasaba línea en una máquina de escriturar. Y vi a los uniformes arrastrarse con los codos en una trinchera y luego cayó un mortero lleno de perejil y los tiñó de verde. Sombrero andaba boca abajo y se tragaba la tierra que nosotros pisábamos y que guardábamos en sacos de dormir y entonces la tienda se vino arriba, ascendió, levitó. Y luego descendió, y nosotros ya estábamos dentro de la tienda. Pitusa preguntó, desesperada:

—¿Por qué seguimos aquí?

No me dio por despertarme para contestar, pero aún así me vi obligado a responder.

—Ya lo te lo he dicho, Pitusa. Nadie nos va a joder las vacaciones.

—Sí, pero este camping está maldito. La gente muere. Los que no mueren se quedan. Los que se quedan lo hacen sin preocuparse de los que mueren.

—Se irán. Todos terminan por abandonar el lugar.

Le acaricié la mejilla. Calma. No te preocupes por nada, niña, soñaba. Yo te cuido. No temas. Sigue durmiendo. Si fuera posible, niña. Intenta no roncar. Estoy contigo. Estoy aquí. Nadie te hará daño. Yo te guardo. Yo te daré lo que necesitas. Pide por ese piñón, boquita de niña.

—Vigilaré tus óvulos, tus ovarios, todo lo tuyo —dije.

(Juraría que sólo lo estaba escribiendo).

Pitusa, por suerte, roncaba con partitura y estuvo a punto de despertarme en uno de sus arpegios.

—Grogrogró —tronó y, en el onírico cristal de la quimera, agregó:

—Aquí tienes material para una novela. Cadáveres, uniformes, sexo.

—Una pena —dije—. Ahora se llevan los artefactos de más de cuatro kilos. ¿Ubi sunt los significantes? ¿Ubi los continentes?

—Grogrogró —asintió Pitusa—. Pero rellenas con paja. Un buen escritor debería describirlo todo al detalle. La vestimenta de Sombrero, el esplendoroso plumaje del búho, la cuadrícula de las parcelas, la constelación de la máquina neumática, grogrogró, yo qué sé, qué sabré yo que estoy dormida.

—Lo importante de Sombrero es que está ahí, Pitusa, que forma parte. ¿A quién le importa con qué se tapa el cimbrel?

Quise despertarme. Necesitaba despertarme, volver. Dejar de manchar el aire. Dejar de escribir. Pero no hubo forma y de repente. En un segundo. El miedo. Ese gigantesco monóculo apretado a mi ojo. Y luego el limpiaculos, el dolor. La costra. No temas, niña. Yo te cuido. Yo te limpio. Yo. Quieta. Continúa el soliloquio. Sus palabras eran suaves, pulcras, intermitentes, dulces. Aparta tu mano, boquita de niña, o harás que me corra. Escupe tu miedo, disfrútame aquí, ahora. Ahora que estamos solos.

Comencé a sudar cuando escuché los gritos de los extranjeros caídos, un lamento gótico, oscurecido por la tinta que ensuciaba mi culpa. ¿Qué se podía hacer? Aguantar su acometida, soñé, no perder el control. Mañana despertaremos dentro de la tienda, en nuestra parcela, la luz del nuevo día caerá a pleno pulmón, como un soplido estentóreo sobre la hierba mojada. Y ahí estaba Pierre con su cuchillada.

—Tú venías con ella de Perpiñán —le dije—. A mí no me engañas, amiguito.

Je ne peux pas parler sans cordes vocales —quiso decir Pierre, pero al modo francófono—. Une ombre les a coupé pendant la nuit.

Pitusa interpretaba su cantinela. Grogrogró. Sus ronquidos eran cada vez más débiles, sus músculos incapaces de cualquier representación. El sueño adquiría profundidad, consistencia.

—Oye, Gavrielatos —dijo—. Fúmate este filtro, majo.

El muerto dio las gracias a Evaristo y cogió el pitillo. Lo encendió con una cerilla de cabeza roja, rascándola contra su patilla de alambres.

Fuego. Los sacos ardían. Los libros ardían. Nuestros poros anegados de lava. Los dientes marchitos del perro que guarda el infierno. Yo te salvo. Yo te apago. De la tienda sólo quedaba un esqueleto de varillas chamuscadas, y luego el cielo, las estrellas, las esponjas dormidas sobre sus pies, un espectáculo de formas diversas en el que destacaba un sombrero de copa, una brisa imbécil que nos mecía como mece el otoño raquítico sus hojas amarillas. El cemento, la sangre, el metal de las heridas pasadas, los crímenes futuros. La noche enferma. El delirio madrugador. El espasmo de un ronquido aplastado contra las rocas. Algo parecido, pero menos lírico.

—Grogrogró —entonó Pitusa.

Sus maromas vocales colgaban del acantilado. Agarré con fuerza esos músculos elásticos y descendí a pulso su tracto completo para encontrar las olas que consumían bravas el roquedal. Allí estaba Pitusa, paralizada por el miedo, aterrada por su temporal parálisis.

—Despierta —desperté.

Y ella abrió los ojos, despertó, y no sé en qué momento comenzó a pegarme, a descargar sus puños contra mi rostro sin hacerme ningún daño, con la debilidad del vástago pero con la furia y el deseo de la cópula, y no sé en qué momento enlazó sus piernas y se enderezó como una cobra, un tallo al sol, turgente, que abre sus piernas y requiere la anticipación del rayo, la irresistible penetración de las partículas fotosintéticas. No sé en qué momento me di por vencido, claudiqué y me dejé arrastrar por la corriente de un vendaval de líquidos y humores, por la eclosión del olor a sudor de nuestra hembra y no lo sé, lo juro, no lo sé, no sé en qué momento comenzamos a follar.

Esa noche echamos nuestro primer polvo de irrealidad. Todavía inconscientes, desorientados, en el duermevela de una hermosa pesadilla, ignoro cómo pudimos encontrar los propicios agujeros en el interior de nuestra tienda, cómo logramos vencer la oscuridad acostumbrando los ojos a la exánime e intermitente luz que nos proporcionaba mi linterna.

Fue algo especial y, ya de amanecida, nos pusimos colorados de vergüenza. Con luz eléctrica podía lamerle los glúteos sin ningún pudor. Ella era capaz de cortarme las uñas de los pies con los dientes. Pero joder con el atenuante del estado de necesidad, y disfrutarlo, hacía que nos sintiéramos como adolescentes primerizos ante primerizas pollas o coños primerizos. Lo cual, por otra parte, no estaba mal del todo. Incluso estaba bien. Pero estaba ya muy lejos de la realidad, único espacio realmente acondicionado para la inteligencia.

18 de agosto de 2011

ARS MORIENDI (19)


19# —SE LLAMABA LIMI.


Tenía las piernas cortas, como cacahuetes. (Formaban un paréntesis perfecto porque era genuvara). Vamos, una especie de arco con la cuerda tensa. Era hija de Xiong, casado con Tang —Xiong— y viuda de Feng —Limi—. Realmente no sé quién murió primero, así que olvidemos la soledad. Supongo que fue ella, porque el bañador no era negro. Pero entonces el esporádico viudo era Fang, ejem, Feng, que me trabo, y es que los chinos se parecen hasta en el nombre. A lo que voy. Limi. Me la acabo de encontrar en el baño, colgada de una viga.

—¡Cómo! —saltó el menda a una voz.

—¡Será posible! —exclamó Pitusa con la suya.

—Me estaba cagando —dijo Sombrero apretando los puños—. Tuve que ir. Era cuestión de vida o muerte, nunca mejor dicho ni en ocasión más óptima.

—Problemas de ano… —aventuré.

—Ah, no. Problemas de estómago —dijo Sombrero, y se golpeó repetidas veces la panza—. Cagalera, dicho mal y pronto. En fin, que sigo recto.

»La cosa es para darle vueltas porque la tía se movía como un péndulo. Ahora por aquí, ahora por allá, y uno no sabía donde parar los ojos. Pero vamos, que estaba tiesa como una vara de bambú y si oscilaba de esa forma sólo podía indicar una cosa. Era reincidente, ejem, un cadáver reciente.

—Entonces era ella la viuda —dijo Pitusa.

—Pues no acataba la doctrina cristiana —replicó Sombrero—. Llevaba pegado al cuerpo un bañador taoísta. Hay que ser hortensia, no me jodas.

—Hortera, dices —corregí.

—Ejem —dijo Sombrero, y nos mostró las bragas.




[Explicación del círculo: Por lo visto es un taijitu, un símbolo chino que representa el ying y el yang y el principio generador de todas las cosas. Tiene una parte negra con un redondel blanco y una parte blanca con un redondel negro. Estampemos este símbolo tan simpático cincuenta veces sobre una tela. Supongamos que con esa tela, hortera se mire por donde se mire, Limi ha fabricado un bañador. ¿Para qué nos sirve lo que escribo? Para nada. Quiero introducir este corchete para regocijo de aquellos escritores que últimamente tienen a bien insertar gilipolleces entre las páginas de sus escritos].


—Lo que os digo —dijo Sombrero—. Que Limi era un tapón. Y que me digan cómo logró tirar la cuerda por encima del hierro. No es que desconfíe, pero un suicidio requiere lo que un polvo mediocre: preliminares. Y Limi era de las de tiro fijo. Quiero un polvo. Pues toma, un polvo. Sin fisuras. Las chinas no tienen fracturas. El hueso se regenera solo. Como los hongos, por fragmentación de filamentos. Quiero un hierro, una cuerda, y la quiero aquí, ahora. Pues toma. Y de paso te mato para que te jodas. Algo así.

—Sombrero, hijo —desenfundó Pitusa su instinto maternal—. Tú naciste gilipollas, ¿no?

—Al borde de la línea —dijo Sombrero rascándose la oreja derecha con la mano izquierda, pero por detrás de la cabeza.

—No me hagas monerías. A ver, resumiendo. Que la china ha sido asesinada.

—Es un suplicio, un supositorio, quiero decir, ejem, una suposición, un supuesto.

—Por supuesto, no quisiera yo contradecirte.

—¿Y el cuerpo?, ¿dónde está el cuerpo? —pregunté.

—Mis amigos liaron el paquete —respondió Sombrero—. Se lo llevaron en el jeep anexo al paquete de Feng. Llegaron juntos y se van juntos, adosados, encolados, enlazados, ensamblados, soldados, militares, combatientes y estrategas. Puj. Puj. Puj. Tampoco es para echarse a llorar.

17 de agosto de 2011

ARS MORIENDI (18)


18# SIEMPRE SOMOS DEMASIADO BUENOS CON LAS MUJERES


Fue una noche agotadora, pero no tanto como para rasgarse las vestiduras ni echarse las manos a la cabeza.

—Odio las expresiones hechas —dije.

(Juraría que sólo lo estaba escribiendo).

—Quien no te conozca, que te compre —hizo una frase, Pitusa.

Los verdes liaron el paquete de Feng y, cuando uno utilizó esta expresión —«liemos el paquete de Feng», había dicho—, otro, partiéndose las nalgas, dijo:

—Y luego nos lo fumamos, que son veinte cigarros.

Pitusa trazó el bosquejo de una risa pero reprimió sus negros instintos, ya que el tabaco era chino pero las hebras rubias. Y es que «Feng», así, como suena, sonaba como una marca de tabaco oriental, de fácil promoción.

«Tabacos FENG, cigalos goldos».

«Pluebe FENG. No se alepentilá».

«Tengo pulos FENG, señolitas FENG, cigalillos sin filtlo FENG, pala pulmones de púbel».

«Fúmese una pipa FENG, velá qué lica»

No era momento para vainas. Los uniformes, con sus costuras deshilachadas y sus botones cuadrados, ya se habían divertido sustanciosamente.

Cada uno por su lado y todos por la sombra, nos fuimos a dormir. Por el camino, Pitusa se mostró preocupada. El paradero de Limi la tenía en ascuas.

—No da señales de vida ni con el marido muerto —dijo.

—Abandona esa brasa —le dije, intentando recomponer su espíritu—. Deja que esos mamones hagan su trabajo.

—Esos mamones no sabrían hacer la zeta ni con la espada del Zorro —gruñó.

—Seguro que está bien. Las chinas son duras como piedras.

—Pero son pequeñas.

—Porque son chinas, Pitusa. No hagamos conjeturas.

Pasé mi brazo por encima de sus hombros y rocé su pabellón con un dedo. Le dije algo cariñoso al oído interno del otro pabellón. Quedó muy agradecida.

«Siempre somos demasiado buenos con las mujeres», escribió la novelista irlandesa Sally Mara o Raymond Queneau, que viene siendo cosa parecida. Esto era lo que pensaba yo mientras jugaba con la jeta de Pitusa e intentaba prevenirla de algún modo, con la sana intención de alejarla de ese estado oriental y desgraciado, como al perro que fija su mirada en una mala idea, en un acto inmediato e instintivo que no le hará ningún bien. Era, en todo caso, el título de una novela irlandesa. O francesa. No es lo mismo —aunque puede parecerlo por -esa terminación— pero aquí, ahora, no importa demasiado y viene muy a cuento porque no zarandeé a Pitusa, no la agarré por los hombros para que volviera en sí, para que recuperara el sentido y abandonara a toda mecha esa costra que nos impedía disfrutar de lo nuestro, de todo aquello que nos rodeaba excepto la muerte, sino que le acaricié el cabello, le susurré que la quería y no mentí del todo, fui bueno con ella, quizá demasiado bueno.

—Fóllame, Limi —suspiró la calentorra.

—Me has llamado Limi, gocha. ¡Menuda obsesión!

—Es que presiento cosas —dijo—. Le doy al coco una barbaridad. Limi por aquí, Limi por allí, dónde estará Limi, Limi en pelotas, Limi submarina, Limi muerta. ¿Lo pillas?

—Necesitas descansar —volvieron, sorprendentemente, mis manos sobre su pelos—. Ronca unas horas, luego lo verás distinto, con otras córneas.

Abrimos la cremallera de la tienda y todavía tuvimos pulmones para fumar unos filtros. El búho observaba nuestros capullos incandescentes, hipnotizado tal vez por las turbas de luz naranja.

—Uh-uh-uh —canturreó Pitusa.

El oto espabiló.

—Uh-uh-uh —dijo el búho.

La cabeza apareció por la derecha, detrás de un pino. Menudo cabezón. Miramos. Luego se asomó por la izquierda, sin cuerpo, sólo el cráneo, detrás de un chopo. Desapareció. El juego era fácil. La cabeza dio un salto, derrapó con los dientes en el suelo y nos lamió los pies con una lengua áspera, cirílica, mongola.

—Menuda hostia —dijo Sombrero escupiendo barro—. Las prisas.

—Te tocó la china —hice una frase.

—Sólo Sombrero tropieza dos veces con la misma china —hizo lo propio, Sombrero.

Y comenzó a explicarse.